TRANSITION: chapter XI

Las 21 horas…..

Ahora, digamos… Eduardo deambulaba por las calles; comenzaba a oscurecer y los
paseantes ya habían cambiado: de niños con pelotas, combas, risas y gritos a borrachos,
personas solitarias, alguna fresca, algún que otro viejo, y sobre todo decenas de parejas de
amantes, novios,… que aprovechaban el caer del sol para despedirse como es debido. Al
amparo de la oscuridad los besos, las caricias… son cosa distinta; los murmullos y los susurros
al oído saben diferente, principalmente porque a estas horas toma gusto algo que normalmente
no lo tiene: las palabras, insípidas durante el día y bien sabrosas cuando nacen de la persona
que tienes cerca y que solo distingues con el tacto pues todo esta oscuro… .
Caminó cerca de una hora, seguido de cerca por un grupo de perros callejeros que
habían visto en él la figura de amo amable que tanto echaban en falta. De vez en cuando se
quedaban retrasados tras un cubo de basura, o un contenedor de papel, pero siempre lo
seguían fijamente con sus ojos tristes, y tras un momento de indecisión lo alcanzaban
corriendo. Finalmente, sin saber cómo, digamos… Eduardo llegó al portal de un antiguo
maestro suyo: don Francisco. Los perros para aquel entonces se habían quedado
disputándose los restos de comida de un restaurante del centro ante la mirada atónita de los
gatos que vivían en los alrededores del contenedor de “Vivaldi´s Comida italiana”.
Su sentimiento antiyanqui probablemente se lo había inculcado don Francisco, de
forma muy indirecta claro está, porque hablarle de ese tema a los pequeñajos que iban a la
escuela habría desencadenado un insoportable alud de padres y madres “hiperdemócratas”.
Pero el maestro siempre usó siempre cualquier mínimo pretexto para introducir temas éticos,
presupuestos morales… . Muchos años después el alumno se enteró que don Francisco había
pasado un tiempo en la cárcel, y no por ninguna falta grave o atentado contra el país, sino
porque reunía a un buen reparto de jóvenes y no tan jóvenes, y les leía “textos malditos”: no el
Manifiesto Comunista ni nada parecido, sino poemas de Vallejo o Pablo Neruda. No estuvo
mucho tiempo dentro, y ahora que había salido, digamos… Eduardo fue a verlo al
apartamento donde estaba confinado desde que se jubiló.
Al principio el maestro no lo reconoció, pero se le quedó mirándolo fijamente.

– Todavía no sé quién es usted- Murmuró entre dientes (postizos, claro)-, pero al
menos tiene usted los ojos de un antiguo alumno mío que creo recordar se llamaba Eduardo
López.
Y sin esperar confirmación, le dio por las dudas un tremendo abrazo, y sólo después
de esa explosión inquirió:

– Eres Eduardo López, ¿verdad?

– Verdad.
Estuvieron hablando durante un buen rato, y fue imposible obviar el tema carcelario:

El horror del calabozo no es sólo lo que te quita sino también lo que te impone. Al
final te vas resignando a carecer de lo que te han despojado (el aire libre, los amigos, la
familia, las lecturas, tus debates ideológicos), pero nunca te amoldas a soportar lo que te
fuerzan a aceptar. Y aquí no me refiero a la tortura, sino a los meados, la mierda, los vómitos,
tuyos o de tu compañero de celda, repugnancias con las que estás obligado a convivir.
Durante aproximadamente un año aprovechas la soledad para pensar, para hacer el más
riguroso balance de tu maldita vida, porque cuando estás libre no te queda ni un momento
para pensar. En cambio en la celda es el tiempo lo que te sobra. Sin embargo un día
cualquiera la soledad empieza a pesarte, y si tienes compañero de calabozo, incluso empieza a
pesarte la soledad del otro. Y entonces llega el silencio de uno, y luego el del otro, y ese
silencio a dos voces es la verdadera soledad porque todo se queda dentro y se enquista, hasta
que te llega el día inevitable en que te preguntas para qué vivo, ya que cuando consiga salir de
aquí estaré hecho un carcamal, con el lenguaje completamente oxidado. Olvidas como se
forman y deforman las palabras, y hasta qué letras componen tu nombre. Y buscas la forma
de suicidarte, pero no es fácil porque ellos no quieren que mueras y les robes así un trocito de escarmiento, quieren que purgues hasta el final tu osadía. Uno que había sido mi compañero lo
logró. Te ahorro detalles, pero lo logró.
El maestro comenzaba a hablar alocadamente, y sus palabras cada vez sonaban de
forma más confusa. Ya no era un discurso ordenado y lleno de sentimiento como al principio,
sino que ahora iba saltando de tema en tema, insultando a unos y a otros, blasfemando sin ton
ni son, y muchas de sus palabras eran ininteligibles ya por la rapidez y celeridad con que las
pronunciaba, ya porque la confusión le había llevado a inventar y crear palabras hasta ahora
inexistentes. Digamos… Eduardo viendo a su antiguo maestro con los ojos desorbitados
intentó detenerlo, cambiar de tema y con el de ritmo y así calmarlo; pero no pudo evitar dejar
salir todo lo podrido que llevaba dentro, razón principal por la que había andado hasta allí. Si
digamos… Eduardo estaba allí era para ver a su querido maestro, claro, pero no solamente
por eso, sino porque necesitaba hablar con alguien, compartir sus preocupaciones, liberar lo
más sucio que se enraizaba en lo más profundo de su alma. Con lo cual nuestro joven amigo
no consiguió tranquilizar a don Francisco, lo más que hizo fue imitarle, y ahora era él
(digamos… Eduardo) el que insultaba, blasfemaba,… y saltaba de tema en tema: del hambre
en el mundo al odio que tenía sus padres, de la amenaza mundial a los hinchas violentos del
fútbol, del egoísmo de su jefe a sus males de amores… y así hasta completar todos los males
del mundo (del mundo que conocía digamos… Eduardo) y todos los demonios que
ramoneaban por su cabeza, por sus venas, su corazón… . Con lo cual la conversación pasó a
ser una algarabía de palabras sin sentido, unas más altas que otras, otras “peor-sonantes” que
aquellas y así hasta que se transformó en un saco de gritos, en un grupo de llantos desde lo
más profundo, en una ristra de voces desgarradoras…, en algo que el propio Eduardo no
pudo soportar y le forzó a salir corriendo, acalorado, enfurecido… dando un portazo tras de sí
que creó un angustioso silencio para el mismo profesor que tan acostumbrado estaba al más
absoluto silencio.

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