TRANSITION: chapter IX

Las seis de la tarde. Ya no queda nada…
Como todos los días, eso sí, esta vez sin tanta continuidad, se acercaba la hora en que don Eusebio daba su paseo por el parque, sólo, claro está, pues era lo suficientemente agrio, cabezota y desagradable cuando se empeñaba en algo; en este caso don Eusebio pensaba que a pesar de sus casi noventa y tantos años, él era perfectamente capaz de valerse por sí mismo para pasear por el parque, con lo cual de nada servía que algún enfermero, enfermera, estudiante… lo acompañara, ya que él se las arreglaba para quitárselos de encima, bien haciéndoles la vida imposible, o bien insultándoles, gritándoles,… hasta que se hartaban de cuidarlo y lo daban por caso perdido. Como todos los días se acercaba lentamente arrastrando su pierna izquierda y haciendo un esfuerzo aún mayor para llevar la derecha hasta la altura de su pie izquierdo, mientras que se oía el suave y armónico crujido de su bastón de roble al apoyarse sobre el camino de guijarros blancos. Digamos… Eduardo, lo conoció el día siguiente a la muerte de su hermana; tal vez porque digamos… Eduardo tenía tan cercana la experiencia de la muerte, sólo vio en el viejo el rostro de la muerte, sonriente, grotesca, mientras disfrutaba del sufrimiento de digamos… Eduardo por la muerte de su hermanita; una imagen de la muerte sonriente, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que la muerte había alcanzado ya a aquel anciano de cejas grandes y párpados caídos y su fin era inminente.
Cuando comenzó a hablar con él, y empezó a conocerlo descubrió que su fin no estaba tan próximo como él creía; todo lo contrario aquel hombre tenía una inmensa fuerza interior, una tremenda vida en lo más profundo, todo lo contrario de lo que en un principio aparentaba. Todo esto quedaba perfectamente reflejado en sus historias, en sus respuestas, en sus gestos…, pero lo que realmente le demostraba su potente fuerza interna era su voz, potente, seria, grave, viva, llena de sentimiento en todas las historias que contaba… . Una voz capaz de parar al tornado, destruir la muralla, convencer al ateo… . Con él digamos… Eduardo, descubrió que lo que le hacía a uno vivir eran las ganas que uno tenía de descubrir y disfrutar el nuevo día; ahora parecía haberse olvidado de todo eso, y no pensaba más allá de aquella noche.
Como todas las tardes don Eusebio se sentó, miró al frente y luego al cielo durante un tiempo, y luego sin mediar saludo comenzó a hablar: “Muy linda la chica con la que hablabas.
¿Era tu nueva novia?”- Inquirió con su fabulosa voz. “No hoy no hubo suerte. Fui a pescar una cobarde”- Respondió el joven sin casi inmutarse por la presencia del nuevo visitante.
“Esas son las peores. Ni comen ni dejan comer. Mañana será otro día”- sentenció. “Tal vez no. Quién sabe. ¿Usted lo sabe?”- “No. Sólo tú puedes saberlo. Nada de Dios, ni esas pamplinas. ¿Tú lo sabes?”- Se hizo el silencio, y tras un tiempo de profunda observación de las nubes, como el crítico de arte que estudia detenidamente la obra de un famoso pintor abstracto, don Eusebio comenzó a contar una historia; estaba pensando y  recordando en voz alta como siempre hacía pero, digamos… Eduardo, a pesar de haber escuchado esa historia cientos de veces no lo interrumpió, lo dejó seguir, como siempre, escuchando con atención a cada una de las palabras que de su boca salían como la lava de un volcán, concentrándose en los cambios de entonación, de tono… ; lo dejo hablar hasta que terminó, se levantó y sin despedirse comenzó a mover su pierna izquierda hacia delante, luego la derecha hasta alcanzar la izquierda, y todo ello al ritmo del crujir de su bastón al apoyarse sobre las piedras del camino, ritmo que se mantenía un tiempo después que el viejo hubiese desaparecido del campo de visión de digamos…Eduardo, como el cantar de los pájaros, el balanceo de las hojas,…. .

En nuestra oficina teníamos el mismo presupuesto desde el año 1907, o sea desde una época en la que la mayoría de nosotros luchábamos arduamente con la geografía o los quebrados; sin embargo el jefe se acordaba del acontecimiento, y a veces cuando el trabajo disminuía en algún momento del día, se sentaba familiarmente sobre alguno de nuestros escritorios, y así con las piernas colgantes que mostraban bajo el pantalón unos impolutos calcetines blancos, nos relataba con su cansino tono de voz y las 627 palabras de costumbre, el lejano y maravilloso día en que su jefe (él era entonces oficial primero) le había palmeado la espalda y le había dicho “muchacho tenemos presupuesto nuevo” con la sonrisa amplia de quien ya ha calculado la cantidad de cosas nuevas que podrá comprarse con el aumento. El nuevo presupuesto es la ambición máxima de una oficina pública; nosotros sabíamos que otras dependencias públicas de más personal que la nuestra habían ido recibiendo nuevos presupuestos cada dos o tres años, y las mirábamos desde nuestra pequeña isla administrativa con la misma desesperación con que Robinson Crusoe veía desfilar los barcos ante sus ojos; además era lógico que nadie se preocupara de una oficina tan pequeña como la nuestra pues ni en los mejores tiempos habíamos pasado de diez empleados. Nuestras diversiones particulares se habían reducido al mínimo: íbamos al cine una vez a la semana, cada uno a una película diferente, de forma que luego pudiésemos contárnoslas entre nosotros en la oficina. Además habíamos fomentado la práctica de juegos baratos como las damas y el ajedrez, que mataban el tiempo y nos mantenían sin bostezos. Jugábamos de 5 a 6 cuando ya era imposible que llegaran nuevos expedientes, ya que el letrero de la ventanilla advertía que después de las 5 no se recibían “asuntos”. No sabíamos quién lo había inventado, y ni siquiera sabíamos a qué correspondía la palabra “asuntos”; algunas veces alguien venía preguntando por el número de su “asunto”, y nosotros le dábamos el de su expediente y el hombre se iba bastante contento, con lo cual en este caso “asunto” significaba expediente. Muchas veces el jefe se sentía en la obligación de recordarnos las ventajas de trabajar en una oficina pública frente a trabajar en el comercio; la ventaja más usada era la seguridad de que no seríamos despedidos, ya que para que eso ocurriera tenían que reunirse los senadores, y nosotros sabíamos que los senadores apenas se reunían cuando tenían que interpelar a un ministro, así que por ese lado el jefe tenía razón: teníamos la seguridad de no ser despedidos, pero también teníamos otra seguridad: la de que nunca recibiríamos un aumento que nos permitiría comprar un abrigo al contado. Pero un día la paz de nuestra oficina se vio alterada por la noticia que trajo el oficial segundo (sobrino de un oficial primero del ministerio): su tío había oído que se hablaba de un nuevo presupuesto para nuestra oficina. En un principio sonreímos como si el oficial segundo estuviera algo loco, o como si éste nos estuviera tomando por tontos, pero cuando supimos que el rumor venía del mismo secretario del ministerio comenzamos a soñar, y a comprar en mi caso fueron unos botines nuevos, en el de la secretaria una pluma, y así sucesivamente hasta rellenar los sueños de ocho personas que habían recibido el mismo fuego que quemaba la mecha de la bomba de sus ilusiones. Al mes y medio todos estábamos empeñados y angustiados. Mientras tanto el oficial primero había seguido trayendo noticias: primero que el informe de nuestro presupuesto estaba en la secretaría del ministerio, luego que no era en secretaría sino en finanzas, pero el jefe de finanzas estaba enfermo y era necesario conocer su dictamen. Todos nos preocupábamos por la salud de ese jefe del cual no sabíamos casi ni su nombre. Hubiésemos querido recibir un informe diario de su salud. Cuando murió, en realidad nos pusimos egoístamente alegres pues sabíamos que eso suponía un avance para nuestro pequeño sueño en el que habíamos depositado tantas ilusiones. A los cuatro meses nombraron un nuevo jefe de finanzas. Luego pasaron cinco meses más, y así nos introdujimos en una etapa de desaliento en la que primero preguntábamos “¿Saben algo?”, luego “¿algo?”, más tarde “¿Y?”, y por último preguntábamos con un leve movimiento de cejas. No hubo buenas nuevas, para aquel entonces yo ya había gastado tres medias suelas de mis botines nuevos. Luego supimos que el informe de nuestro presupuesto iba a ser tratado en la reunión del próximo viernes, pero cuando pasaron catorce viernes después de ese próximo nos dimos por vencidos. Nunca pasaba nada de nada. Todos estábamos empeñados hasta la coronilla, por eso decidimos que debíamos hablar con el ministro. Conseguimos que nuestras voces llegaran a sus oídos, y nos citaron para llamar al ministerio el siguiente jueves a las cinco de la tarde. Ese día apenas trabajamos. El jefe no silbaba como de costumbre, y en lugar de jugar al ajedrez y las damas pasamos las horas paseando y mirando las vidrieras. Cuando habían pasado los seis minutos de rigor después de las cinco, el jefe marco el número que todos conocíamos de memoria, pidió hablar con el secretario. Tras varios “Sí”, “comprendo”, y algunos “claro, claro”, comprendimos perfectamente cuál era la respuesta, sólo prestamos atención para confirmar: “en el ministerio dicen que tratarán lo nuestro en la reunión del próximo  viernes”. [Original de Mario Benedetti]

 

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