transition: chapter V

La una, la una y media, la una y cuarenta y siete minutos… Las dos…
Vaya mierda; llevo más de una hora esperando, exactamente una hora y veintitrés minutos; claro a quién se le ocurre, conoces una noche a una tía mayor que tú que además es modelo (muy guapa por cierto) y que ahora está trabajando en una película, y esperas que recuerde que ha quedado contigo, un pobre tipo, a la una frente a la puerta de su hotel de cinco estrellas. ¿Puedes soñar un poquito más? Sólo un poquito. Sería ideal leer en la portada de una de esas revistas que siempre leían las viejas en el barrio: “Hace unos días se vio a la famosa modelo salir de su hotel acompañada por un esbelto y atractivo joven” Claro, no faltaba más. Apenas he dormido pensando en esta comida, le he dado mil vueltas al problema de la ropa, ya que uno no puede vestirse con esos modelos exclusivos que llevan los de su clase; al final me decido por trajearme a lo proletario: mis vaqueros, mi camisa celeste y la rebeca que me tejió mi madre; sencillo pero limpio e impecable. He sido tan puntual que hasta me ha dado vergüenza, con lo cual he dado cuatro o cinco vueltas a la manzana, pero ya podía haber dado quince, treinta y cuatro o hasta ochenta porque ella aún no aparece; por cierto aún no le he puesto nombre, digamos… Julia, sí Julia. “Ayer se vio a la famosa modelo Julia (no necesita el apellido, es famosa por el nombre) que en estos días rueda una película en nuestra ciudad, salir de su hotel del brazo de un atractivo muchacho”.
La culpa de todo esto la tiene Pedro “Vamos que es una fiesta estupenda con lo mejor de lo mejor, todo gratis; comida, bebida y famosos al mismo tiempo; además no me vas a dejar colgado; venga que tengo dos invitaciones; vas a conocer a muchas chicas, y si no hay mucha suerte luego nos vamos tú y yo de cervezas hasta que veamos amanecer”
Eres tonto realmente, te tragas el anzuelo, vas a la fiesta, al entrar se te salen los ojos de las órbitas de ver tanto lujo, tanta comida, bebida… . Hay de todo: “sandwiches”, canapés,
caviar, jamón (pata negra, claro), pato,… y miles de “manjares carte d´or “ (según ellos) que no has probado en tu vida y que ni siquiera sabes como se llaman; champán, cerveza, zumo de naranja, vino (tinto y blanco),… ¡madre mía!, y todo sobre una mantelería espléndida, servido en bandejas de porcelana de dios sabe dónde y una cubertería de plata por unos camareros impecables ¡vaya lujazo!, y esta gente son comunistas??; eso dice Pedro. Así también yo sería más rojo que el tomate. Pero el verdadero lujo, las personas: todos vestidos de sport, pero vaya sport. Hombres engominados, repeinados, bien afeitados… y mujeres muy guapas (“¡bellísimas!”), con tanto maquillaje que apenas si se pueden reír por miedo a que se les desarme la cara; los hombres que conocen este factor, no dejan de gastarles bromas para ponerlas en diferentes aprietos . Miras al fondo, y tres metros detrás del grupo de chicas con las que conversa animosamente Pedro, ves a una muchacha (realmente es una mujer; aparenta 26 ó 27) que no para de reír, a carcajada limpia, mostrando su hermosa dentadura, sin miedo a que el maquillaje se le desmorone con toda la cara (¿será tal vez porque no lo necesita o no lo lleva?); te llama la atención, es morena de pelo, piel cobriza, ojos grandes y oscuros… . En ese momento se acerca Pedro, se da cuenta de mi fijación, y me dice que si no sé quién es; contesto que no, que no sé; él responde que eso es imposible y que no puede seguir así; en tres segundos de excusas y cuatro frases rápidas me encuentro a solas con la mujer de la linda sonrisa y piel cobriza (digamos… Julia, sí eso es). Allí nos deja Pedro, ella con su zumo de piña y yo con mi whisky. Ella da un resoplido como diciendo que plasta (Pedro claro), yo por hacer algo toso con la mano delante y me acomodo las gafas. Le digo que la he visto más de una vez en la tele (cuando tenía tele claro) y que me parece muy interesante el tema de la película que está rodando ahora. “Gracias”, responde. Cuando habla, aunque sólo diga sandeces, su belleza se multiplica por quince o tal vez por veinte. Ocurre que cuando está callada su expresión llega a parecer agresiva y hostil. Cuando habla, todo cambia. Se lo digo. “Así que sois un buen observador”. “No, por lo general no lo soy. Me ha gustado observarte eso es todo”. “¿Por qué?”, pregunta intrigada y mirándome directamente a los ojos. “Bueno, porque eres muy linda”. Ella se ríe; yo también. “Pero además porque tienes una mirada misteriosa (ella levanta las cejas en señal de que se interesa más por el tono que está tomando la conversación), no de un gran misterio como en las películas, sino un misterio pequeño, breve. Ella suelta una carcajada, sin la menor preocupación por el maquillaje. “¿Así que un misterio breve? ¿y por qué breve?”. “Porque en cualquier momento se esfuma y desaparece”. “¿Y se puede saber con quién tiene que ver ese misterio?”. “Contigo”. Ella se
sorprende, no sé si por el tuteo tan directo, o por lo que el tuteo dice (tal vez tenga más de 27). Bebe un sorbo de su zumo, como para hacer tiempo. Sus ojos oscuros le brillan. “¿En qué trabajas?”. Le respondo no sin algo de intranquilidad (le he dicho la verdad por
supuesto). “¿Por qué no vienes mañana a buscarme a la puerta de mi hotel después del ensayo y de que yo me haya duchado y puesto algo cómodo para comer por ahí?, ¿a eso  de la una?”. Me gusta y no me gusta. Es muy guapa, está claro, me encanta su cara, sus piernas,… me gustan sus manos, el color de su piel especialmente. También me gusta ese misterio que le creé. Pero no me gusta que sea modelo y actriz, que sea famosa y que sea tan vieja. Ante mi silencio ella insiste: “¿tienes miedo? No voy a comerte es sólo para que
conversemos, sólo eso. Tal vez tengas razón en lo del misterio que hay en mí y que tiene que ver conmigo misma. A lo mejor me ayudas a resolverlo”. Ahora soy yo quien traga whisky para ganar tiempo.
Ya tenía que haberme ido y haberla dejado plantada (que irónico); llevo mucho tiempo esperándola. Sin embargo, me quedo. No sé bien por qué, pero me quedo. Podrido de esperar pero me quedo. En todo el rato que llevo aquí esperando me he fumado cuatro o
cinco pitillos (tal vez más). Mi madre me decía que si seguía fumando así moriría de cáncer de pulmón como el abuelo Daniel, pero el se murió con 87 años, así que aún me quedan más de sesenta años para palmar, ¿para qué me voy a angustiar desde ahora?, tampoco hay que pasarse de previsor. Sigo fumando. He fumado más en este rato que tres elefantes juntos, lo cual es ridículo pues nunca vi fumar nada a ningún elefante.
Por fin aparece. Sale del hotel acompañada por todo un ejercito. Soy el único que está esperando, así que no cabe confusión. Sin embargo ella pasa, riéndose y tonteando con todo el clan. Montan en tres cochazos, a cuál más caro y lujoso, arrancan y salen disparados dejando una nube de humo y un ruido infernal. Parece que no se verá al joven y apuesto muchacho salir de ningún hotel del brazo de ninguna famosa modelo y actriz.

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